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Masacre en Columbine

“Si la posesión de armas volviera a un país más seguro, Estados Unidos sería el país más seguro del mundo. Pero sucede justamente lo contrario”. Esta aseveración, punto clave en Masacre en Columbine (Bowling for Columbine), documental del estadunidense Michael Moore, da pauta a un trabajo de investigación muy incisivo sobre la cultura del miedo en la nación norteamericana. A partir de un hecho trágico, la matanza en la escuela preparatoria de Columbine, en Littleton, Colorado, el 20 de abril de 1999, donde dos adolescentes dispararon sobre sus compañeros ocasionando varias víctimas, Michael Moore recurre a su método habitual de trabajo, tan efectivo como cuestionado, que consiste en transformar a los sobrevivientes en investigadores y fiscales, y obligar así a los presuntos responsables a que admitan, mediante un intenso careo verbal, su participación o su complicidad en lo sucedido. Así denunció en 1989 el cierre de la fábrica General Motors en su pueblo natal, Flint, Michigan, en la cinta Roger y yo, y así elaboró Canadian bacon, seis años después, la farsa sobre una pretendida agresión a Canadá, fraguada en la Casa Blanca, tendiente a reactivar una industria de armamentos afectada por la guerra fría.

En Masacre en Columbine, Moore asocia el tiroteo en Littleton con otros actos de violencia, desde el atentado en Oklahoma hasta el bombardeo de Kosovo ocurrido el mismo día de la matanza estudiantil, incluyendo, en una siniestra cronología, la lista de agresiones de Estados Unidos a naciones latinoamericanas y su apoyo a dictadores en diversas partes del mundo. Cronista implacable, el director revive, con material de archivo, lo sucedido en Littleton, y también rescata, con fortuna humorística, la versión irreverente de la historia estadunidense que presenta la serie de dibujos animados South Park, luego de entrevistar a Matt Stone, uno de sus autores. La tentación de sensacionalismo, el espíritu del reality show, no está lejos. Por fortuna, Michael Moore maneja su información de modo inteligente y con una edición formidable. Algunas secuencias -de veracidad apenas verificable- ganan credibilidad por el contexto en que se presentan. El director vino afinando esta técnica didáctica en The awful truth, serie televisiva de denuncias y escenificaciones de resistencia civil, accesible hoy en dvd (Videodromo, Alfonso Reyes 238, Condesa). Un ejemplo elocuente de este recurso aparece enMasacre en Columbine: Moore acompaña a dos sobrevivientes del tiroteo hasta la cadena comercial K-Mart, que vendió las balas que quedaron incrustadas en sus cuerpos. Los adolescentes exigen devolverlas, y al término de la negociación, la tienda se compromete a suspender definitivamente la venta de municiones.

El documental no pretende llegar a conclusión alguna en su investigación sobre la violencia en Estados Unidos. Sólo plantea interrogantes: ¿qué fin se persigue con la explotación por televisión de las paranoias colectivas? ¿Con la legitimación audiovisual de la mentira? ¿Por qué si una tasa de criminalidad se sitúa en 20 por ciento, su cobertura correspondiente se dispara hasta 600 por ciento? ¿Por qué contrastan tanto los índices de agresiones criminales en Estados Unidos con los de otros países, en particular con Canadá? Estas preguntas las refuerzan sorpresivamente las declaraciones del cantante de rock Marilyn Manson, humanista inesperado, y del actor Charlton Heston, presidente de la Asociación Nacional del Rifle y defensor convencido del derecho a la autodefensa ciudadana (”lo que fue bueno para los fundadores de esta nación –Land of the FreeHome of the Brave– sigue siéndolo para mí”). Una cultura del miedo fabrica chivos expiatorios para explicarse comódamente la violencia (el ciudadano negro, delincuente en potencia), y se estremece ante figuras “satánicas” como el roquero Manson, al que considera inspirador de la matanza, al tiempo que genera, desde los medios de comunicación, una espiral de recelo y paranoia. Michael Moore utiliza estos mismos medios (televisión y cine) para revertir de modo eficaz los mensajes y fomentar una resistencia ciudadana. No fue otra su actitud moral y su congruencia al denunciar las hoy comprobadas mentiras oficiales en torno de la agresión a Irak, la noche en que recibió el Oscar de la Academia precisamente por este documental, Masacre en Columbine.

Carlos Bonfil. La Jornada