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Súper engórdame

Uno de los documentales más aclamados de todos los tiempos, donde ahora no se trata de desenmascarar al gobierno norteamericano, sino a la comida rápida de ese país, particularmente de los restaurantes McDonald’s, para lo cual Morgan Spurlock se da a la tarea de fijarse una meta, comer tres veces al día, todos los días durante un mes dentro de estos establecimientos, y llevar así a la pantalla los resultados obtenidos en una forma particularmente satírica.

En una crítica ácida, Spurlock muestra en pantalla los resultados catastróficos que obtuvo, desde el terminar vomitando desde la ventana de su automóvil a los pocos días de iniciado su experimento, hasta demostrar la intoxicación hepática de que fue presa, ya sin hablar de su nivel de colesterol, el cual aumentó de 165 a 230, de los 12 kilos que incrementó su peso en esos 30 días, así como de problemas de hipertensión, debilidad sexual, depresión, y problemas respiratorios, entre otras enfermedades, gracias al producto de comida rápida más famoso del mundo, McDonald’s.

Con este argumento Morgan Spurlock se ha ganado los aplausos de la crítica internacional, poniéndose al nivel del mismo Michael MooreSúper engórdame es un trabajo que le valió el premio a la dirección en documental en el pasado festival de cine de Sundance.

Título Original: Super Size Me
Director: Morgan Spurlock
Actores: Morgan Spurlock y Daryl Isaacs
Guión: Morgan Spurlock
Productor: Morgan Spurlock
País: Estados Unidos
Año: 2004
Género: Documental
Estreno en México: 29 de octubre de 2004

Fuente: esmas

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El sicario, un documenta proscrito en México

“Recuerdo que una vez nos envían de México para acá, a Estados Unidos, a otro compañero y a mí a hacer el trabajo, a levantar a un individuo. La orden era levantarlo y tenerlo y vinimos para acá, a este motel, y estuvimos en esta habitación. Él estuvo ahí -señala hacia la tina del baño- tres días, que fueron los tres días de tortura que le estuvimos dando”.

»El documental completo ‘El sicario, room 164’

Así comienza el documental ‘El sicario, room 164’ cuyo protagonista -a sueldo de un cártel mexicano- revela cómo empezó su carrera en el asesinato, la tortura, el secuestro y el tráfico de drogas; detalla las formas de operar del crimen organizado y habla del alto nivel de corrupción que permea todos los niveles de gobierno en México.

Se trata de un documental de 77 minutos producido por Venezia Cinema 2010, Orizzonti-Competition, Robofilms, Les Films d’Ici, en asociación con Arte France-La Lucarne. Se realizó durante los cinco días de entrevista que el sicario le dio al escritor y periodista estadounidense Charles Bowden y al cineasta italiano Gianfranco Rosi.

“Durante el tiempo que estuvo aquí -sigue su relato- la orden fue mantenerlo; ya de ahí no sabemos qué haya pasado. La mayoría de las veces, aunque hayan pagado el dinero que debían, aunque hayan pagado el delito que tenían, mueren.

“No hay fronteras para el narco. Ni en México, ni en Estados Unidos, ni en Colombia, ni en Costa Rica ni en El Salvador. El narco puede comprar todo, paga policías, paga aduanas, paga migración. ¿Qué tan difícil es, si mueven y mueven toneladas de drogas, mover a una persona?”

El escenario del documental es la habitación 164 de un motel en algún punto de la frontera de Estados Unidos con México. El asesino, alto, corpulento, vestido de negro, tiene el acento de los oriundos de Chihuahua. Antes de hablar frente a las cámaras se colocó una doble capucha negra para ocultar su rostro. Antes de describir su “vida profesional como sicario” se miró al espejo para asegurarse de que la capucha no revelara ni un rasgo de su cara.

“Te voy a relatar 20 años de mi vida… 20 años de mi vida dedicados al servicio del narcotráfico, del cártel”, dice al arranque de la primera parte del documental.

LAS MANOS DEL ASESINO

“Cuando veas el filme fíjate en un detalle: en las manos del sicario y en lo que hace durante toda la entrevista”, le dijo Bowden a este reportero cuando le entregó una copia del documental, que ya fue exhibido en varias salas europeas. En México, no. Según el autor del libro La ciudad del crimen, dos casas productoras se han negado a presentarlo al público mexicano.

Las manos del matón son grandes, fuertes y no dejan de moverse durante todo el documental. Para aquietarlas siempre las mantiene ocupadas: con un plumón negro y un cuaderno de dibujo. “El sicario dibuja cada una de sus narraciones. Era especialista en estrangular con las manos. Ni siquiera recuerda a cuántas personas mató. O tal vez lo está olvidando a propósito”, comenta Bowden.

El asesino afirma que en México hay muchos mitos respecto al trabajo de las personas que sirven a los cárteles del narcotráfico; por ejemplo, dice que “un verdadero sicario profesional” es el que de un solo golpe, cuchillada o disparo elimina a una persona. “Cuando un sicario es un profesional no hace lo que cualquier imitador”, comenta mientras dibuja un automóvil en el cuaderno.

“Este es un carro, el objetivo va manejando y hay que matarlo; un imitador hace esto -con el plumón marca varios puntos sobre el dibujo del auto en alusión a ráfagas de bala dispersas-: escupe todo el carro”, explica.

Da vuelta a la página del cuaderno para dibujar otro automóvil: “Cuando un sicario trabaja y tiene un objetivo y va manejando, y este es el objetivo, son dos formas muy sencillas. Hace un círculo aquí, donde está la manija del carro o hace un círculo en el vidrio, donde está la cabeza del objetivo. Ese es un sicario, los demás son imitadores”.

El sicario profesional, prosigue, es alguien que se mantiene en el anonimato, no le gusta ni debe ser identificado con la espectacularidad de su obra. “Puede estar en un parque jugando beisbol con sus hijos como puede estar en una junta, en un cabildo de la alcaldía de una ciudad”.

EDUCADOS

La profesionalización de un sicario, hasta su educación universitaria en la mayoría de los casos, es una inversión que hacen los jefes de los cárteles de la droga para contar con asesinos efectivos, discretos y dispuestos en cualquier punto de la frontera, en México, en Estados Unidos o en cualquier otro país.

Cuenta que entró al crimen organizado cuando estudiaba la secundaria. Sin revelar quién lo reclutó, sostiene que lo buscaron para pasar carros de México a Estados Unidos y después a la inversa. Que nunca vio lo que llevaba en los autos, en la cajuela o en compartimientos secretos, aunque se imagina que eran drogas y dinero.

Le pagaban con dólares, con los coches que le dejaban para manejar el tiempo que quisiera, con casas donde siempre había mujeres, con alcohol, drogas y con armas de todo tipo. Esa labor la ejerció tres años.

“Cuando estaba en el cuarto semestre de la universidad, por medio de allegados y conocidos arreglé para entrar a la policía”, relata al explicar la transformación de “pasacarros” a la de asesino profesional para un cártel.

En la academia de policía le pedían ser mayor de edad, tener la cartilla del servicio militar liberada, de preferencia estar casado, pasar el antidoping y un examen físico. Sostiene que no tenía la mayoría de edad, que no pasó el antidoping y que lo único que aprobó fue el examen físico. Pero “como iba recomendado”, fue aceptado.

“Desgraciadamente las academias en México -de policía especial, policía investigadora, policía militar o el Ejército- han servido para que el narco use a toda esta gente (…) por eso es que a toda persona que pasó por una academia el narco lo recluta fácilmente. Con esto el narco no va a batallar en enseñarle a usar un arma, a manejar un carro, a vigilar, cómo leer unas placas, en enseñarlo cómo ver a un persona y que no se le olvide la cara de la persona”, subraya.

De su generación se graduaron 200 policías. “Chihuahua es grande: Juárez, Villa Ahumada, Parral, Camargo, Delicias, Ojinaga y colindamos con Sonora y Durango. De esos 200 egresados 50 ya están pagados por el narco; o sea, 150 se van a repartir en las plazas de todo el estado. Pero los otros 50 también son repartidos en el estado: 25 se quedan en Juárez, 5 en Chihuahua, 5 en Parral, 5 en Ojinaga y así.

“Hacen una distribución de tal forma que cuando se les ofrecía pasar droga de Sonora o de Durango, en las entradas al estado siempre había alguien ya comprometido con ellos para poder circular libremente. Muchas veces se usaron las unidades de la policía para transportar la droga”. La clave, añade, es decir siempre que “la droga ya está bendecida”.

Los sicarios profesionales son los encargados de “levantar gente” que le debe dinero al cártel o que ya se cambió de bando (entre éstos, policías, militares, informantes o amantes de los capos), y en algunos casos deben enterrar gente.

Al hablar de la corrupción gubernamental por narcotráfico, dibuja un diagrama en el que pone en la parte superior la Presidencia de la República, a los gobiernos estatales en los extremos y en la parte inferior a los secretarios de Estado.

“No te puedo asegurar que el Presidente, pero la gente debajo de él… ya está comprada por el narco. Tan es así que existen casas de seguridad en todo México (…) donde tanto el Poder Judicial federal como los gobernantes y hasta la Secretaría de Gobernación -que sería el brazo fuerte del Presidente de la República- tienen conocimiento de que hay gente enterrada. No uno, dos, tres ni cuatro; hay más de 300, 400 personas”, explica.

CASAS LLENAS DE MUERTOS

El protagonista del documental sostiene que en Chihuahua se perpetran decenas de secuestros, y considera que de todas las personas plagiadas sólo cinco o seis son encontradas con vida. Incluso asegura que sabe dónde hay varias de esas casas en las que están enterradas cientos de personas.

Revela que las narcofosas que son “supuestamente localizadas por las policías mexicanas” son casas de seguridad donde han sido enterrados informantes del FBI o de la DEA y que son localizados porque las agencias estadounidenses les colocan “un chip en el cuerpo”, que es muy fácil de ubicar por medio del sistema de localización satelital o GPS.

El documental podría ser calificado por algunas personas como un manual para aprender técnicas de tortura, secuestro o asesinato, porque el sicario explica cómo los cárteles del narcotráfico practican esas actividades.

Hasta en sus dibujos, por ejemplo, expone cómo deben ubicarse sobre toda una cuadra las patrullas que colaboran para secuestrar o levantar a una persona y explica la logística que se le pide al director de la policía.

El matón narra las técnicas de tortura. Incluso recrea algunos de los casos, revive los diálogos con la víctima y de ésta con los victimarios:

“Todo desnudo se le pone una manta, se le rocía gasolina o alcohol a la manta y se le prende fuego; en cuanto arde se le da el jalón a la manta y se trae hasta tres capas de piel. Queda descubierta la espalda de la persona (…) se le echa un litro de alcohol… el sufrimiento es enorme. Formas de interrogatorio que no se imagina.

“Es feo ver torturar a una mujer; es feo ver cómo son ultrajadas porque no hay escrúpulos para eso. No es lo mismo con un hombre… no es lo mismo ver a una mujer sufriendo, pidiendo clemencia, verla ultrajada no por una, sino cuatro, cinco o seis, siete personas, y después de eso hacerla sufrir lo suficiente para que quede inconsciente y al último pues… era mejor darles un balazo.

“Uno va aprendiendo las formas en que el cártel o los cárteles dejan los mensajes, de cómo dejan un cuerpo. Las órdenes son: ‘Tíralo boca arriba’. Es un mensaje. ‘Tíralo boca abajo’. Es otro mensaje. ‘Córtale un dedo y pónselo en la boca’. Mensaje. ‘Córtale un dedo, introdúcelo por el ano’. Mensaje. ‘Sácale los ojos, córtale la lengua’ (…) uno recibe las órdenes y se acatan.”

Hay excepciones, dice. Personas a las que no se tortura, se les ejecuta rápidamente, dependiendo del deseo del “patrón”. En otro de sus relatos cuenta que no todas las personas que eliminan los sicarios profesionales están metidas en el narcotráfico.

Platica el caso de unos 45 robacarros de Ciudad Juárez que estaban dándole problemas de imagen a las autoridades del estado; éstas le pidieron al cártel que los levantara, lo cual coincidió con la pérdida de 3 mil kilos de cocaína. El patrón dio la orden de que durante 30 días no se vendiera “ni una grapa”, pero unos 70 narcomenudistas no cumplieron la orden. Se les ubicó, se les levantó y se les ejecutó junto a los robacarros.

En esa ejecución masiva no sólo participaron los asesinos del cártel: el sicario dice que se formó un grupo de unos 800 asesinos y policías municipales, estatales y federales para cumplir la orden.

“Recuerdo una ocasión: se calentaban tambos de 200 litros de agua a tres cuartos. Se ponía una polea, se les amarraba por los hombros y se les iba bajando poco a poco cuando el agua estaba hirviendo. Cuando se desmayaban se les sacaba. Había un doctor que los hacía reaccionar; se les cortaban partes que ya estaban quemadas, completamente cocidas… reaccionaban y se les volvía a bajar poco a poco… hasta que morían”.

En la última parte del documental ‘El sicario, room 164‘, el matón explica su transformación “de la vida loca” a la de un predicador del cristianismo.

Narra a grandes rasgos los motivos que lo llevaron a dejar la vía de la muerte después de que, por cuestiones que ni él mismo se explica, decidió dejar de fumar, de consumir drogas o alcohol, lo que le produjo un cambio de actitud que dentro del cártel vieron como amenaza.

Decidieron eliminarlo…

Masacre en Columbine

“Si la posesión de armas volviera a un país más seguro, Estados Unidos sería el país más seguro del mundo. Pero sucede justamente lo contrario”. Esta aseveración, punto clave en Masacre en Columbine (Bowling for Columbine), documental del estadunidense Michael Moore, da pauta a un trabajo de investigación muy incisivo sobre la cultura del miedo en la nación norteamericana. A partir de un hecho trágico, la matanza en la escuela preparatoria de Columbine, en Littleton, Colorado, el 20 de abril de 1999, donde dos adolescentes dispararon sobre sus compañeros ocasionando varias víctimas, Michael Moore recurre a su método habitual de trabajo, tan efectivo como cuestionado, que consiste en transformar a los sobrevivientes en investigadores y fiscales, y obligar así a los presuntos responsables a que admitan, mediante un intenso careo verbal, su participación o su complicidad en lo sucedido. Así denunció en 1989 el cierre de la fábrica General Motors en su pueblo natal, Flint, Michigan, en la cinta Roger y yo, y así elaboró Canadian bacon, seis años después, la farsa sobre una pretendida agresión a Canadá, fraguada en la Casa Blanca, tendiente a reactivar una industria de armamentos afectada por la guerra fría.

En Masacre en Columbine, Moore asocia el tiroteo en Littleton con otros actos de violencia, desde el atentado en Oklahoma hasta el bombardeo de Kosovo ocurrido el mismo día de la matanza estudiantil, incluyendo, en una siniestra cronología, la lista de agresiones de Estados Unidos a naciones latinoamericanas y su apoyo a dictadores en diversas partes del mundo. Cronista implacable, el director revive, con material de archivo, lo sucedido en Littleton, y también rescata, con fortuna humorística, la versión irreverente de la historia estadunidense que presenta la serie de dibujos animados South Park, luego de entrevistar a Matt Stone, uno de sus autores. La tentación de sensacionalismo, el espíritu del reality show, no está lejos. Por fortuna, Michael Moore maneja su información de modo inteligente y con una edición formidable. Algunas secuencias -de veracidad apenas verificable- ganan credibilidad por el contexto en que se presentan. El director vino afinando esta técnica didáctica en The awful truth, serie televisiva de denuncias y escenificaciones de resistencia civil, accesible hoy en dvd (Videodromo, Alfonso Reyes 238, Condesa). Un ejemplo elocuente de este recurso aparece enMasacre en Columbine: Moore acompaña a dos sobrevivientes del tiroteo hasta la cadena comercial K-Mart, que vendió las balas que quedaron incrustadas en sus cuerpos. Los adolescentes exigen devolverlas, y al término de la negociación, la tienda se compromete a suspender definitivamente la venta de municiones.

El documental no pretende llegar a conclusión alguna en su investigación sobre la violencia en Estados Unidos. Sólo plantea interrogantes: ¿qué fin se persigue con la explotación por televisión de las paranoias colectivas? ¿Con la legitimación audiovisual de la mentira? ¿Por qué si una tasa de criminalidad se sitúa en 20 por ciento, su cobertura correspondiente se dispara hasta 600 por ciento? ¿Por qué contrastan tanto los índices de agresiones criminales en Estados Unidos con los de otros países, en particular con Canadá? Estas preguntas las refuerzan sorpresivamente las declaraciones del cantante de rock Marilyn Manson, humanista inesperado, y del actor Charlton Heston, presidente de la Asociación Nacional del Rifle y defensor convencido del derecho a la autodefensa ciudadana (”lo que fue bueno para los fundadores de esta nación –Land of the FreeHome of the Brave– sigue siéndolo para mí”). Una cultura del miedo fabrica chivos expiatorios para explicarse comódamente la violencia (el ciudadano negro, delincuente en potencia), y se estremece ante figuras “satánicas” como el roquero Manson, al que considera inspirador de la matanza, al tiempo que genera, desde los medios de comunicación, una espiral de recelo y paranoia. Michael Moore utiliza estos mismos medios (televisión y cine) para revertir de modo eficaz los mensajes y fomentar una resistencia ciudadana. No fue otra su actitud moral y su congruencia al denunciar las hoy comprobadas mentiras oficiales en torno de la agresión a Irak, la noche en que recibió el Oscar de la Academia precisamente por este documental, Masacre en Columbine.

Carlos Bonfil. La Jornada